El taxi
Para Diego
—Estaba en la
jato pe, a dos horas más o menos de donde nos estábamos quedando con Zade, y
para ir caminando, ni cagando, ya sabes cómo es Lima. Entonces pedí un taxi, ni
de huevón me quedo por allí, al lado había un tugurio, y al otro una mancha de
cojudos que tenían camisetas de la U que estaban borrachos hasta su culo. Yo ya
estaba tranqui, había aprendido todo lo que tenía que hacer allí, y cuando
regrese empezaría a hacer mis experimentos. El Walter me dijo que al intento
número quince me compraba una, y tú me dices que en el intento número veinte,
te pasas pendex, no confías nada en mí, jajaja. La huevada es que se estaba
demorando como mierda en llegar, y el luthier ya me había cerrado la puerta,
sería un poco raro darme la vuelta y tocarla otra vez para que me deje sentarme
en su salita, donde están todas las herramientas y la madera del taller, además
que seguro se burlaría de mí y me daría por serranazo. Ya pes, me quedé afuera.
Llegó con una musicaza, una salsa de esas que bailan con chavetas los del
Callao, y se estacionó frente a mí. Eres Josemari, me pregunta, sí, le digo.
Puta, el carro se podría comparar a los que tienen los mecánicos en un rincón
de su taller, todo mugroso y con las puertas oxidadas, seguramente alguna vez
fueron amarillas, y el huevón era uno de esos negros grandotes con rastas, no
sé si de la suciedad o por moda, pero, a pesar del mal presentimiento del
inicio, por dentro no olía mal. Yara joven, me dijo de la nada el chofer, en esa
casa vivía mi pata, se la quitaron los del banco porque tenía deudas como
mierda, ¿y qué hace usted allí? No lo podía creer. Le respondí nomás, le dije
que dictaban cursos de cómo hacer guitarras y que venía de Cajamarca. Pucha, a
dónde te vienes a meter, me dijo, por acá es fino, cómo no te hicieron algo. Y
el huevón me empieza a hablar de la nada sobre su pasado, me dijo que si me
hubiese recogido dos años antes ya me hubiera dejado tirado en algún cerro, que
hasta incluso me hubiese robado el calzoncillo. Se cagaba de risa mientras me
miraba por el retrovisor. Estaba frío, pa que te voy a mentir. Puso su música a
todo volumen. Mis oídos ya explotaban. Tenía uno de esos parlantazos, de esos
que los llevan a hacer bulla en los piques, salvo que este carro seguramente lo
utilizaban para chupar o algo así, me imagino, o seguramente sí iba a las
reuniones y era todo un bellaco, ni idea. ¿Le molesta si me meto mi nota? Huevón,
jajaja, y sacó un tronchazo pe, del tamaño de una pinga. Le dije que normal, me
quería invitar, pero lo rechacé, obviamente. ¿Usted no se droga joven? Le dije
que sí, pero que no me apetecía. Para qué carajo le dije eso, me empezó a
preguntar si en Cajamarca también fumaban y esas cosas, le dije que sí, y que
una amiga había ido a cana por vender quequitos de marihuana. Anda, qué fuerte
nota, me dijo, mis solis acá están en cana también, ¿por marihuana?, pregunté,
no, porque mataron al hijo de su jefe, y continuaba diciendo que se lo tuvo
merecido. Ya para este punto yo me quería largar del carro. Quería distraerme. Saqué
mi celular para jugar, o no sé, quería que pase todo ya. En la aplicación me
salía que faltaban cuarenta y cinco minutos para llegar a mi destino. Joven, no
baje su luna, yo no sé si le roban, por acá meten la mano nomás, hasta un
chavetazo de algún loco le puede llegar. Estaba pálido, huevón. El pendejo me
miraba entre serio y riéndose, tranquilizándome supongo, diciendo que la
mayoría de choros de por ahí son sus patas, que puede que no me pasara nada.
Estábamos por unos arenales, donde las casas son de techo de calamina, el
tráfico estaba demencial, además el calor, las lunas cerradas, y el estrés de
mierda, me iba a dar algo, mi corazón ya se me salía por la boca concha de su
madre. Y el pendejo me dice, joven, creo que por acá nos vamos a demorar como
mierda, yo conozco un atajito, pero tenemos que subir ese cerro, y señaló uno
de esos que solo ves en las noticias no pes, de esos feazos que solo van los
políticos cuando les conviene. Ya perdí pe, pensé. El pendejo dio una vuelta en
U como Toretto, mientras un tráiler que iba detrás nos tocaba el claxon
desesperado porque casi nos choca, el trailero, un pendejo calvo, salió por la
ventana a mentarle la madre al negro, y este huevón se reía mientras encendía
otra vez el porro tamaño pito. ¿Ha subido los cerros alguna vez?, le dije que
no, que era la primera vez. Se dio la vuelta, me miró, mostró una expresión
afable, hizo el cambio a primera, y comenzó a subir una empinada horrible, yo
diría incluso que el Everest le quedaba corto a pesar de nunca haber estado
allí. El cielo, ese gris, se hizo rosa. Los niños jugaban por las calles
persiguiendo dragones que escupían pica pica. Las señoras que lavaban en sus
tinas rojas atraían el agua con el viento, lo veía venir desde un tanque que se
encontraba en lo más alto, donde se distinguían pequeñas cruces, con cuerpos
flotando saludándome. Estaban señores durmiendo recostados en sus hamacas mostrando
sus sueños como burbujas, recuerdo uno clarito donde alguien volvía a su tierra
y veía a sus hijos, pero allí estaba joven, y al dormido seguro que no le
faltaban más de unos años. Las casas tenían unas profundas charlas de cómo se
iba a planear el siguiente día, y el siguiente del siguiente. Los perros
formaban bandos para rescatar gatos, los escuché, uno estaba lamentando la desgracia
de su dueño, a su gatito lo habían envenado, y otro cuestionaba la desaparición
de su compañero felino, se pondrían en marcha para la búsqueda. Flotábamos,
huevón. Vi el morro solar debajo de nosotros, y la huaca Huallamarca más cerca
que las nubes. Los huauras se miraban como hormigas realizando sus rituales.
Espero que no hayan sido como los de Chan Chan, a los que les drogaban con San
Pedro para después quitarles la cabeza, me dijo el negro. El interior se había
convertido en hogar. Los cueros destartalados, las repisas sucias, el crucifijo
que colgaba en la palanca de cambios, todo me invitaba a quedarme allí, me
recibían con un amor infinito. Lo último que vi es que el suelo apareció, y el
pendejo estaba en una escena de Rápidos y Furiosos dando la vuelta a un óvalo.
Paramos, y me dijo, ves que era un atajo, ya llegamos. La aplicación marcaba
que al viaje aún le faltaban treinta minutos. Le pagué, me dio su tarjeta por
si acaso. Tomé fotos. Mira.
—¡Cágate!
Buenísimoooo
ResponderEliminarAhhh, un viaje, muy bueno
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