Obligaciones
Miren que a veces las cosas son
extrañas. Cuando mi primo era chiquito había visto a un señor de blanco
corriendo desde su cocina hasta una de las ventanas de su sala, en donde logró
saltar para mezclarse con el vacío. Mi tío, mientras cenábamos, me contó aquel
momento entre risas, porque el hijo al describir al supuesto ente lo pintó como
si fuese Papa Noel. Yo sinceramente creo que estaba traumado con las películas
de navidad. Me dijo que luego su hijo tocó su pared como si fuese una puerta,
su cuarto era continuo al de él, que acto seguido fue a verlo, encontrándolo
tapado hasta la cabeza con sus frazadas como si fuese una momia. Solo viven los
dos en tremenda casota. Le pregunté por si alguna vez no habían pensado en
tener algunos inquilinos, se asustó, tajantemente dijo que no, y que para qué.
Su gesto fue extrañamente gracioso. Se puede decir que tenían dinero hasta para
utilizarlo de papel de baño, y por las condiciones en las que me encontraba, le
pregunté si podría quedarme a vivir en su casa un tiempo. Yo había llegado de
repente a la ciudad luego de haber estado cinco años en Chile. Tras la muerte
de mi padre, toda la herencia se fue con el banco por las tremendas deudas que
acarreaba. No pude estar presente en el entierro de mi madre. Cuando me llegó
la noticia, estaba en el puesto de completos donde trabajaba, seguramente
alguno de esos clientes habrá saboreado un hot dog más salado de lo normal. No
sé cómo fueron los últimos días de mi madre. Mi padre falleció primero, le
embargaron la casa en menos de un mes. Lo único que supe fue por los mensajes
de mi tío, diciendo que su hermana no dejaba que nadie la ayude. Pasando otro
mes también murió. Entonces decidí por quedarme en Santiago un rato más, por
qué no, tal vez y llevaba algún santiaguino a mi ciudad, pero no fue el caso,
mi suerte con los hombres es un fracaso. Luego de años de completos, y con
algunos ahorros encima, decidí regresar.
Cuando llegué seguía siendo la
misma ciudad que recordaba, excepto un centro comercial más y un proyecto de
bypass que la verdad nunca le vi el sentido. También se había llenado de
tiendas de suvenires chinos donde todo costaba menos de diez soles. Pero era la
misma, en todo aspecto. Pasé por la que alguna vez fue mi casa, vi que había
sido demolida y que se estaba construyendo un edificio, quizá para
departamentos, pensé. Allí es donde se me ocurrió contactar con mi tío, era el
único familiar que me quedaba, y que además vivía aún en la ciudad. La tarde en
que llegué a su casa quedé impactada. Me invitó a cenar mientras surgía la
conversación sobre cómo es que pudo tenerla. Resulta que una vez había
apostado a un equipo de fútbol africano que le ganó a Francia, me dijo que la apuesta
era cien a uno, no lo dudó, sus únicos ahorros, tenía como diez mil, los puso
en fuego, y eso no es todo, si atinabas al marcador, era doscientos y algo a
uno. Le dije que, si yo fuese él, ni loca hubiese hecho tal riesgo, me soltó
una sonrisa de grapa mientras me miraba con unos ojos de sapo haciéndose un
sándwich de mantequilla. Qué más decir que le atinó. Recibió casi trescientos
mil soles, algunos de esos miles obviamente se los comió la SUNAT, y los invirtió.
Se hizo socio de cinco restaurantes y un supermercado, además de un patio de
comidas muy recurrente. A veces se sentía triste, dijo que, si ese dinero lo
hubiese tenido antes de morir mi padre, le hubiese prestado, o de alguna manera
hubiese comprado la casa embargada para que sigan pudiendo vivir allí. Se
lamentaba de esa manera. Él siempre creyó que las deudas fueron la razón de sus
decesos. Yo no quería tocar ese tema en la mesa, así que prosiguió con la
historia de Papá Noel que estaba contando al principio de este relato. De
alguna manera sentí que el peso de aquella anécdota era para tomarse en serio.
Luego de que me aceptaran allí mi
tío compró un catre, un colchón, una cómoda, un televisor, una laptop, me dijo
incluso que no me preocupara, que no me debía nada, que uno de los cuartos era
mío. Le dije que no varias veces, que sería abusar de su confianza, pero me
amenazó diciendo que si le daba algo de dinero al día siguiente encontraría mis
cosas en la calle, y que no le importaba que lleve a chicos. Él feliz de que yo
esté feliz. Sentí que eso era demasiado, porque la primera vez que me acosté con
alguien fui a un hotel. Había ido a un rave cerca de la plaza y encontré a un
amigo que no había visto hace años, ambos supimos de inmediato que el
reencuentro lo llevaríamos bajo las sábanas. Yo no quería tener una aventura
amorosa, y aunque me gustaban los encuentros con él, no pensaba apretarlos al
máximo. Lo conversamos, me entendió, de cierta manera quedamos en que cualquier
cosa lo llamaría, y él, lo mismo. Nunca pasó. Mi tío me había visto llegar tomada
de su brazo hasta la esquina de la casa muchas veces. Una vez me preguntó por
él, me decía que por qué no lo hacía subir, respondí que era un amigo nada más,
solo me miró, su sonrisa se estiró de oreja a oreja, sus ojos se tornaron
blancos, y me dijo que era mala, mientras soltaba una carcajada apagada, casi
flemosa. Esa expresión picaresca, que no lo fue, me dio miedo. Algo ahí había que
no me cuadraba.
Cuando estaba buscando un
trabajo, ya que los ahorros no me iban a durar toda la vida, mi tío me ofreció
ser cajera en uno de sus restaurantes. Había estudiado Lenguaje y Literatura en
la Nacional, pero como iban las cosas, tal vez me mandaban a algún pueblito
alrededor, y yo tan solo quería estar cómoda luego de estar fuera del país
mucho tiempo. Fue así que comencé mi labor. El trabajo era tranquilo, tan solo
los fines de semana la gente se atiborraba y me daban ganas de arrancarme los
pelos, pero por lo demás cero cuestiones. Retomé el hábito de leer. Habían
abierto una librería cerca del restaurante, fui un par de veces, el tipo que me
recibía daba la pinta de ser un esnob pretencioso, lo era, habían filtrado unas
conversaciones en las que se daba de gran pensador, diciendo que Pinochet había
salvado a Chile, y yo que estuve allí, siento que sus ciudadanos le tirarían su
propia caca si es posible. Los libros que había comprado allí los terminé
quemando, y comencé a pedirlos simplemente de manera online. Mi ciudad carece
de espacios literarios. Mientras cobraba leía, la gente ya me conocía, me
saludaban, y me gané el apelativo de señorita, yo ya no me sentía una, había
pasado las tres décadas. El problema real fue cuando, al pasar los meses, mi
sueldo comenzaba a aumentar. Yo no había pedido un aumento, era exagerado. El
segundo mes había subido cien soles, lo vi en el aplicativo de mi cuenta, el
tercero doscientos, y así, hasta el sexto, cuando era el doble. De pronto
revoloteaban mil ideas en mí, el comportar tan exageradamente generoso de mi
tío me estaba dando conflictos. Me preguntaba incluso si era un viejo verde e
incestuoso, pero no, a este punto, incluso en mis pensamientos, me tomaría a mí
misma como una desquiciada.
Un día lo encaré. Después de soltarle
todo, solo me dijo que me tranquilizara, y que mi madre, con sus posibilidades,
hubiese hecho lo mismo por su hijo. Pero sé que esto no es verdad, ella era muy
buena, pero a ese extremo tampoco hubiese llegado. Olía a carne enterrada. Esa
semana había recibido un libro de Samanta Schweblin, era la novelita de
Distancia de Rescate. Me estaba sintiendo como Amanda, con el suspenso
constante de que todo lo que me rodeaba estaba mal de alguna manera, que no
debería estar allí, que debería haberme quedado allá en el sur. Faltaba poco
para navidad. En el restaurante decidieron hacer un intercambio de regalos, era
una idea genial, siempre me había gustado el amigo secreto, aunque tan secreto
no era, el día anterior todos sabían quién era el suyo, solo tocaba hacerse la
loca. Mi tío me dejó la casa para esas fechas, dijo que no le gustaba pasar
navidad allí desde que su hijo, ahora ya bordeando la adolescencia, había
presenciado el fantasma de Papa Noel. Viajaron a Lima, en donde el verano ya
comenzaba a notarse, y dijo que me iban a traer algo en su regreso. Yo estaba
segura que al regresar a la casa, luego del compartir en el restaurante, me iba
a cruzar con ese señor de blanco porque era noche buena, y que tal vez haya
sido por eso que me abandonaban a mi suerte. No le tengo miedo a esas cosas.
Cuando abrí la puerta de la casa, todo estaba tranquilo, nada anormal, es más,
estaba con el ligero bochorno de las copas, pensé en llamar a mi amigo para
darnos unos revolcones, pero desistí de esa decisión, tenía otro amiguito que
vibraba, y que, a mi criterio, me parecía mejor compañero. En la madrugada me
dio hambre, tenía las llaves de toda la casa, así que subí al tercer piso,
donde era el departamento de mi tío, mi cuarto quedaba en el segundo piso junto
a un departamento apenas amoblado, y hurgué en la refrigeradora. Cuando di la
vuelta lo vi, allí estaba, no era un señor de blanco en todo sentido, era un
simple esbozo de luz que se movía desde la cocina hasta un gran ventanal que
llegaba hasta el techo. Me quedé observando un rato más hasta que sucedió otra
vez. Los responsables eran los autos que pasaban por la calle. Vacilé un rato y
recibí una llamada.
Mis amigos del trabajo estaban
ansiosos por beber, pero no encontraban un lugar, me dijeron si quería ir con
ellos al parque que está a la vuelta de la casa de mi tío. Eran las tres de la
mañana, les dije que sí, pero que mejor vengan para no pasar frío, callaron un
rato, luego prosiguieron diciendo que ya iban. Estuvieron en la puerta a los
diez minutos de haber cortado la llamada. Trajeron pisco con gaseosa. Para ser
sincera, no me cae bien el trago corto, pero como ese día teníamos feriado,
dije que sí a todo. Dentro de la charla, cuando ya había pasado más de media
hora, entrando en modo bochorno, alguien preguntó que si esta era la casa que
mi tío había ganado con la famosa apuesta, le dije que sí, que yo tampoco lo
creía en su momento, pero que primero el dinero se invirtió para poder
comprarla. Uno de ellos rio y me preguntó si sabía, si sabía qué, respondí. Entonces
dijeron que una vez, uno de los socios de mi tío, en la tremenda borrachera
inaugural de la casa, le preguntó cómo de la noche a la mañana obtuvo tal
fortuna, y este le dijo que en principio lo iba a gastar todo en apuestas, pero
que comenzó a tener unas pesadillas tan molestas que lo hizo desistir de esas
ideas. Pregunté entonces cuáles eran esas pesadillas. Ellos se miraron entre
risas, y con ojos de chino me contaron. Cada vez que perdía dinero, o sabía que
se había portado mal, en sus sueños aparecía una zamba despampanante en la
puerta de su cuarto reclamándole por el billete y exigiéndole también que se
comporte. Entonces sacaba su guante de látex, se lo ponía lentamente en su
mano lamiéndose el índice que tenía el tamaño del miembro de un burro, y que cada
noche, si desobedecía, le metía el dedo por el ano, y si no, solo asentía y se
retiraba.
Desperté en la tarde. Fui a
arreglar la cocina, en donde estuve con mis compañeros del trabajo, pero ya
estaba limpia. De pronto entra mi tío y me saluda.
Mi favorito hasta ahora
ResponderEliminar